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La embriaguez y el mar. La vida de Ernest Hemingway.

estoy borracho. » Hay verdad en la broma. Leer a Hemingway es tragar agua clara que nubla el alma: con cada frase el mundo se despoja, y uno se embriaga de esa misma desnudez.

Ernest Miller Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, aquel suburbio de Chicago de « jardines amplios y mentes estrechas ». El muchacho huyó pronto de los surcos. Camillero en Italia durante la Gran Guerra, volvió con metralla en la pierna y una convicción nueva: la vida debe escribirse tal como llega — plena, cruda, sin maquillaje. París lo esperaba. En los cafés de la Rive Gauche, entre Gertrude Stein y Scott Fitzgerald, forjó una prosa revolucionaria, despojada como un puñetazo. En 1926 apareció Fiesta The Sun Also Rises, novela de la generación perdida, de corridas y de alcohol bebido al amanecer. En ella late una frase que resume toda una época: « ¿No es bonito pensarlo así? »

Luego España, la guerra civil, las colinas de Por quién doblan las campanas. Luego África, sus llanuras, un accidente aéreo que casi lo mata. El hombre perseguía al mundo, como si quisiera agotarlo antes de que el mundo lo agotara a él.

Pero fue en Cuba donde Ernest encontró por fin su puerto. En 1939 alquiló la Finca Vigía la Finca Atalaya una casa colonial encaramada sobre La Habana. La compró en 1940 y vivió allí más de veinte años, entre nueve mil libros, gatos polidáctilos y el barco Pilar amarrado como una promesa. Allí, de pie ante su máquina de escribir, escribió en 1951 su obra cumbre: El viejo y el mar. Un viejo pescador, un marlin gigante, y una frase grabada en la carne del siglo: « Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. »

Cuba 1959.

El Pulitzer llegó en 1953, el Nobel en 1954. Hemingway dedicó su gloria al pueblo cubano, al que amaba como a hermanos. En Cojímar, en el bar La Terraza, los pescadores lo llamaban « Papá ». Era uno de los suyos.

En 1960 la revolución lo arrancó de su isla. Al año siguiente, en Ketchum, Idaho, el hombre que había domado tantos océanos se rindió a un último silencio. Pero en la Finca Vigía, hoy museo, su Royal sigue sobre el escritorio, los libros no se han movido, y el viento de La Habana sigue pasando las páginas. Como si, en algún lugar, un viejo siguiera pescando.

Henry de Toubeyre.

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